FRAGMENTO DE MI NO NOVELA BIOGRAFÍA DE UNA SOSPECHA


FRAGMENTO DE MI NO NOVELA BIOGRAFÍA DE UNA SOSPECHA

Tras comprobar
que su madre se había dormido del todo, regresó a su habitación. Era ya de madrugada. Fue con mucho cuidado para no despertar a su Guardaespaldas.

Se llevó un susto tremendo al tropezar con sus piernas en la oscuridad. Estaba sentado en el suelo, a los pies de la cama, fumándose un cigarro. Las colillas en el cenicero daban la hora de su espera. ¿Qué tú haces despierto, mi amor? Se le salió a Li por primera vez, aunque con toda naturalidad y todas sus sílabas. Acompañando a mi amog, le respondió su Guardaespaldas imitando la ausencia de su erre. Como sé que no vas a dejar que te ayude con tu madre, o quizás a ella le dé vergüenza que un extraño la vea así enfermita, quería que me sintieras cerca.

Por supuesto, terminaron de enamorarse esa noche. Hicieron el amor y el amog, como se hace siempre que se ama: de manera desesperada y con sabor a última vez. Con una entrega y unas implicaciones mayores que hasta ese momento. Estaban tan vivos que a ninguno de los dos le importaba morirse.

No podían dormir. Se sirvieron un trago de ron y salieron a la terraza a coger un poco de aire. La silueta de una palma real sobresalía entre los brazos del platanal como una Giselle de penacho verde. Las sombras engatusaban la mirada. Li salió al patio y cogió un cocuyo. Tú tienes que haber sido muy feliz aquí, dijo su Guardaespaldas. Ahora tienes que serlo aún más, me tienes a mí, se le entregó del todo. No pienso dejarte solo, Gato, Li, Guajiro, Doblefeo, o Doblelindo, mi Cocuyo…, te pareces a este cocuyo… Como quiera que te llames te amaré. Sé lo difícil que es para ti ver a tu madre así, pero haces todo lo que está en tus manos por ella, eso tiene que servirte de consuelo siempre. Yo quiero estar cerca y ayudar como pueda, si tú me dejas. Li lo abrazó con unas ganas enormes de llorar, que no dejó avanzar. Tu padre te adora, hace más de lo que puede. Algo en estas palabras, sin embargo, las hacía llegar pesadas, como hechas del mismo concreto que el libro africano que uno empezó y el otro terminó. Sobre esas páginas de cemento se escribió este futuro de hoy.

¿Subimos al techo de la casa?, le propuso Li con el fin de enseñarle como se veía el Entronque al amanecer. Deulofeu…, empezó a decir el militar. Li se quedó esperando la palabra que venía detrás, pero no vino ninguna. Mientras, con la mirada, se puso a registrar el platanal verde oscuro. Su apellido seguía volando entre las hojas sin posarse, se confundía entre los cocuyos. Cocuyito cocuyano, ven a la luz de tu hermano, decía repitiendo el lema trampa que usaba de niño para engañarlos y cogerlos. Su Guardaespaldas contemplaba el suyo. Se parece a ti, repitió. Lo malo es que ellos solo saben decir que sí, le hizo ver Li. ¿A todo?, quiso saber el agente. Sí, a todo, ¿no lo ves?, pregúntale lo que tú quieras y verás que te responde afirmativamente. El militar se llevó el insecto a sus labios y le susurró algo. Comprobó que respondía que sí y lo soltó.

¿Tienes sueño ya?, preguntó sin dejar de observar la lucesita verde que se alejaba radiante. ¿Tienes aquí algo con qué escribir? Sí, claro, allá abajo en mi cuarto. ¿Te subes una libreta y un lápiz?, hay luna llena, se ve bastante claro. Sí, se ve todo de lo más bien, confirmó dándole un beso al ombligo del militar, que le encantaba.

Li no sabía si podría complacerlo del todo, pero se enamoraba cada vez más de su esfuerzo por complacerlo a él. También a su lado todos los días parecían viernes. Regresó con varios lápices y una libreta de tomar notas en taquigrafía. Le era más cómodo para la situación. Se sentaron en el borde del techo y desde aquel exilio inesperado, ambos supieron que su encuentro duraría más de lo que estarían juntos para disfrutarlo.

Deulofeu abrió su cuaderno y miró a su militar con cara de secretaria de un juicio, dispuesta a tomar dictado a la velocidad de palabra de su interlocutor. Pero, ¿hay una Biblia aquí en tu casa?, le preguntó de repente el oficial de la secreta. No, nunca la hubo, ¿para qué tú quieres una Biblia ahora?, ya traje la libreta y estoy esperando a que me dictes. Para que jures, sentenció El Guardaespaldas.

Tengo una Biblia latinoamericana,
respondió Li. ¿Una qué?, se asombró su Guardaespaldas. Son dos tomos también y, al menos para mí, representan el comienzo de todo lo que somos en este lado del mundo. ¿Tanto crees en esos textos? Absolutamente, le aseguró el aspirante a periodista. Tráelos a ver…

Toma, este es El Viejo Testamento y le alcanzó un ejemplar de El Popol Vuh. El militar lo miró con extrañeza. ¿De quién es? Anónimo, le aclaró Li. Lo abrió por donde primero el libro se dejó y leyó la primera frase que encontró subrayada a lápiz: “Cuando vino la palabra aquí / Vino con el espíritu.”

Este es El Nuevo Testamento latinoamericano y ¡ah, coño, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez!, éste es uno de mis libros favoritos, dijo el militar cogiendo el otro libro. Lo abrió por el final y leyó: “…estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Cerró ambos ejemplares y miró a los ojos de Gato: no es desconfianza hacia ti, si lo fuera no te pediría que escucharas todo lo que te voy a contar… Mucho menos que lo escribieras, prosiguió. Es por mi propia tranquilidad, pero si te molesta… No, no me molesta, le aseguró Li y era cierto. Entonces quiso que se lo tomara como un ritual y no como el fin del mundo. Es un simple juramento, le dijo tratando de restarle importancia. Te entiendo, pero yo creo en los juramentos más que en el fin del mundo, le dijo Deulofeu riendo. ¿Y tú crees que yo no lo sé?, por eso mismo te lo pido. Puso los Testamentos de su particular Biblia latinoamericana uno encima de otro y los dejó sobre el techo de la casa. Cogió su mano derecha y los forró. Repite conmigo: Juro… Juro no hacer público este texto que guardaré a partir de hoy, 5 de agosto de…, sin autorización de su protagonista, quien me lo dicta aquí en Entronque de Herradura, Pinar del Río, Cuba…

Juro:
Como hombre primero. Como hombre primero. Como amigo después.
Como amigo después y como… Y como…

En este punto, su Guardaespaldas le taladró los ojos con los suyos. Se los sacó y los puso al lado de la Biblia. El cemento era áspero, podía sentirlo en sus pupilas. El militar se asomó con amplitud a las cuencas vacías y durante un instante, que a Li le pareció demasiado corto, observó dentro de él. Le colocó las pupilas arañadas nuevamente en su sitio y concluyó:

…y como todo lo que podamos ser de hoy en adelante.
Y como todo lo que podamos ser de hoy en adelante.

Li repetía y juraba mirando a los ojos del platanal. Adonde quiera que ha viajado, lo ha acompañado esa libretica repleta de signos taquigráficos. Hoy, casi veinte años después, con el pleno consentimiento del militar, enviado por e-mail desde donde se vuelve a encontrar a salvo, transcribe lo que de manera muy seca, diría que desesperada, le ordenó escribir su Guardaespaldas:

“Mi primer encuentro sexual con la mujer de Fidel Castro
fue en casa de su madre. La primera pregunta que me hizo, cuando terminamos, fue si yo conocía su verdadera identidad. Le dije que sí. Es un momento que tengo muy presente. A partir de ahí, mi vida no giró más de trescientos sesenta grados porque no los hay, pero me atrevería a decirte que giró mucho más. Me llamaba de madrugada. Me convertí en un guardián perenne del teléfono… Pero mi mayor preocupación era por qué yo. Empiezo por el principio:…”

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Categorías: "A CAMISA QUITÁ", NO SOLO ANDANDO SE QUITA EL FRÍO | Deja un comentario

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