FRAGMENTO COLLAGE “BIOGRAFÍA DE UNA SOSPECHA”



NOTAS PARA UNA NO NOVELA, UNAS NO PÁGINAS, UN NO LIBRO…

POSIBLE CITA: “Desconfiad de todo hombre que haya pasado la edad de cuarenta años a menos de que os conste que sea amigo de la lectura”. Alejo Carpentier en El arpa y la sombra.

DETENERME en eso tan importante que es el cómo nos ven los otros, si se tiene en cuenta que es la mitad de cualquier existencia. En cómo me ven.

DETENERME en la apariencia que haya podido alimentar, en parte al menos, tanta sospecha. No solo aquí, también allá.

PUNTOS A ACLARAR:

UNO: Cuando besé por primera vez a aquel poderoso trigueño, ya sabía que era guardaespaldas de un hijo de Fidel Castro.

DOS: Cuando me enamoré de aquel guajiro bello de Viñales no pude imaginar que fuera hijo de uno de los dirigentes más destacados del Partido y tremendo mandamás en mi provincia.

TRES: Cuando aquel profesor universitario se enamoró de mí, no pude adivinar que años más tarde me entregaría los informes que, contra mí mismo y todos sus amigos, llevaba tiempo pasando a la Seguridad del Estado.

CUATRO: Cuando surgieron los primeros y tan variopintos intentos de reclutamiento por parte de la secreta nada más llegar a La Habana, pero mucho antes de la definitiva, fui descubriendo que en el contexto de un régimen de dictadura, llámese oficialmente del proletariado, tal y como lo he conocido, los vecinos, los compañeros de escuela y de trabajo, los amigos… la familia, pueden ser convertidos en informantes. En enemigos.

Basta llevar una vida ordinaria, anónima, para ser blanco de las propuestas y de las sospechas más inverosímiles. Y de la traición. En cualquier ambiente, sin importar el vínculo sentimental o sanguíneo, uno puede quedar convertido en espía, en chivato o en víctima de ambas cosas.

CINCO: Y que soy hermano, sobrino, primo, tío, amante, amigo… de militantes y dirigentes comprometidos con el Partido. Algunos de ellos sospechosos también como yo de trabajar para los servicios secretos cubanos: el G2.

SEIS: Como muchas familias cubanas, la mía también está militada por los extremos: soy primo de una de las Damas de Blanco. (NO UTILIZAR ESTO COMO UN CLÍNEX PARA SACUDIRME LA SOSPECHA).

SIETE: Dejar claro que a pesar de mi tan sospechoso origen, de todas esas coincidencias y desconfianzas en mi biografía, de lo más o menos ligado a la nomenclatura que estuviera cada él o ella, temporal o definitivo, que pasó por mi vida, el proceso de mi reclutamiento ha sido mucho más largo… Y por razones muy diferentes.

Hasta cierto punto, me siento descubierto.

Libertad.
Respeto al otro. Identidad. Banderas y abanicos multicolores… Envuelto en la frialdad de este ciclón de rumores, el azar me acercó a una de las tantas fundaciones, organizaciones y empresas que pretenden, de manera rimbombante, ser emblema de minorías discriminadas. Entonces di por hecho que sus eslóganes ondeaban también dentro de su seno organizativo. En definitiva, la discriminación que les da derecho a clamar públicamente por ellos es sinónimo de esas ausencias.

Todo eso pensaba yo que, por mis preferencias sexuales, me han convertido en estadística de uno de esos grupos sociales minoritarios. Me fui acercando poco a poco. Finalmente, acepté colaborar en la empresa bissness arco iris. Estaba fundada y dirigida por gays, gais en la acepción española masculinizada. Aún así pensé que la discriminación y el brete quedarían lejos de sus predios. Pensé que, además de la progresista, ondearían en su interior banderas cuya ausencia me criticaban por ser un cubano que no habita en los extremos. Pero bandera es una palabra conflictiva en España.

Me di un tiempo. El cocuyo que me había tragado en el platanal de mi casa me alertaba. No obstante, seguí creyendo y creí que ondeaba también la bandera de la tan cacareada libertad de expresión. Esa especie de hoja en blanco gigante que se puede rellenar libremente, e incluso corregir si estuviera ya escrita, sin tener que pagar un precio político por ello. Pero aquí en el capitalismo también “nacemos súbditos”.

La decepción llegó al poco tiempo de estar dentro de la empresa con discurso multicolor. Una mañana encontré a mis compañeros en sus puestos de trabajo, convertidos en botellas. El dueño, porque en el capitalismo los dueños tienen cara, entró dando gritos. Traía su cabeza bajo el brazo y la dejó encima de mi mesa. Comenzó a lanzar filosos aros de metal que caían en el cuello de las botellas, pulverizándolas. Mis compañeros quedaron convertidos en un polvo blanco esparcido sobre las mesas. Pude salir corriendo antes de ser pulverizado yo también o que me obligara a esnifar a mis colegas.

Aun así, nunca he podido tenerle al Capitalismo más miedo que al Socialismo. Son miedos diferentes. El Socialismo me mintió y el Capitalismo no es romántico. El Socialismo es pura envolvencia y el Capitalismo puro envoltorio. ¿Te vas a marchar sabiendo que adonde quiera que vayas vas a ganar mucho menos que aquí?, me preguntó después una de las botellas que quedaron con vida. Mi cocuyo y yo lo pensamos un instante… Miramos a todas partes y dentro de mí y no, eso tampoco nos retuvo.

Al poco tiempo supe que, nada más salir por la puerta, el consejo de la empresa multicolor se reunió. Uno de los puntos del día fue el de asegurarles a los principales cargos y a los trabajadores, que mi criterio sobre la realidad cubana, discutido por razones de trabajo dentro y fuera de allí, es el que es porque soy un agente cubano infiltrado. Estamos reuniendo pruebas para demostrarlo públicamente, anunció un asiduo colaborador que agregó: Lo vamos a desnudar ante toda España.
¿No es realmente sospechoso?
Ni por dinero ni por ser cubano e inmigrante sin papeles aguantó nuestras presiones… Los nuevos altoparlantes usaban nuevos argumentos: …Seguro ya nos sacó la información que necesitaba.

Supe del interés oficial por desenmascararme mientras disfrutaba una de las cosas que más amo hacer si estoy en Madrid, desayunar con amigos muy temprano en las mañanas de los domingos. Ellos seguían trabajado en el negocio arco iris con discurso ONG. Les agradeceré siempre que se arriesgaran a contármelo desde dentro. Lo pasaron muy mal, no sabían cómo abordar frente a mí el tema de la sospecha. Para colmo, acababa de regresar de otro de mis sospechosos viajes a Cuba. Los altoparlantes no entendían que quisiera ir demasiadas veces a mi casa.

La sospecha, con visos más oficiales que veces anteriores, no había sido propagada esta vez en el urinario de un restaurante repleto de mariposas sucias ni en los pasillos de una librería o una editorial, como se verá más adelante. Fue expandiéndose por la sala de reuniones de una empresa en toda regla, oficialmente al menos. El rumor sobre mi dudosa condición de agente infiltrado en las tropas de la democracia española, comenzó a parecer acusación.

Para la desnudez nacional a la que pretendían someterme, los altoparlantes necesitarían demasiadas pruebas. Esperé a que las recopilasen y me llegara una denuncia pública, una acusación directa, cara a cara… Medios no les faltaban, contaban con su propia publicación. No sé si llegaron a plantearse la portada rimbombante que usarían para tal evento. Rimbombancia ante todo. Tanto para el mal como para el bien.

Nunca llegó ni lo uno ni lo otro, pero el rumor seguía tupiendo las cañerías de Madrid. Y seguía subiendo de nivel. O bajando, según se mire. Ya no eran solo el periodista de (des)prestigio y los altoparlantes auto líderes del arco iris quienes me acusaban. Algún que otra que milita en estas huestes, ahora con charreteras, uniforme y birrete, se sumó a los dimes y diretes. El nuevo altoparlante uniformado, cornetín en mano, anseguraba tener de muy buena tinta, pruebas contundentes para demostrar, a grito pelao, que soy el agente.

Mi mayor asombro: el hecho de que fueran personas que veía luchar a cara descubierta, con sus nombres propios, sus profesiones y vidas privadas como pancartas, por libertades que se nos han negado a todos durante siglos aquí y en cualquier parte. Cómo era posible que defensores del derecho a amar a quien nos plazca sin ser condenados por ello, se prestaran a simplificar de esa manera la vida de otro al que solo suponen. Y solo por no habitar en los extremos. Eso, los cubanos, lo hemos vivido ya.

En un sitio cualquiera puede convertirse también una librería
porque “en cualquier sitio se aparecen aplicando sus tácticas comunes como los viejos matrimonios en plena oscuridad… Les basta con una buena oreja y una boca”.

Y cualquier día de estos que llenan a diario mis sospechosos años en España, me encontraba en uno de esos recintos de sabiduría y libertad. O eso se supone. Pero hola qué tal, me saludó un conocido y habitual de la librería, acompañado como siempre por su elegantísimo galgo. Aquí, dando una vuelta a los amigos, le contesté contento de verlo. ¿Amigos?, se me acercó un poco más sin dejar de mirar con sigilo a nuestro alrededor: ¿Tú estás seguro de que tienes amigos en este sitio?

Se separó bruscamente. El helado que venía saboreando cayó al suelo. Se agachó en medio de la confusión carmelita oscuro para separar a su perro. Mi cómplice no sabía si limpiar mis zapatos o los suyos o la parte baja del mostrador o salvar al galgo de la ingesta de chocolate. Nadábamos en una crema viscosa de la que no sabíamos cómo salir. El dependiente trajo solícito unas servilletas. De repente, tuvimos que agacharnos a toda velocidad. Un montón de escobas vacías, que habían perdido a sus brujas, entraron volando a recogerlas. ¡Qué desastre!, salgamos de aquí, me susurró mi inesperado acompañante. ¿Te vienes conmigo a darle una vuelta a Pincho?, me invitó en voz alta señalando a su mejor amigo. Era evidente que lo hacía con la intención de ser escuchado por todo el aquelarre. Salimos.

No te lo había querido decir antes por no hacerte daño y porque, realmente, cuando lo supe, pensé que se trataría de algo pasajero… Esa gente no es amiga tuya, no ha habido una tarde de las que llevo viniendo aquí, y sabes que son casi todas, en la que en algún momento no hayan sacado el tema de… unas sospechas que andan rodando por ahí… Que soy un agente cubano infiltrado en España, lo ayudé a terminar. Sí, eso mismo, compadre, veo que estás muy enterado, pues no sueltes prenda con ellos, lo que quieren es joderte la vida, que lo sepas.

¿Joderme?, una cosa así tendrían que probarla y, por el momento, con lo único que cuentan es con eso, con una sospecha, dije. Seguía sin dar crédito a que ese gusano en que se había convertido el rumor invadiera, en su viaje intestinal por Madrid, cada sitio que yo pisaba.

Porque vende poco y no escandaliza.
Sin duda, esa es la base del silencio habitual de la prensa y ciertos líderes hacia los que preferimos el equilibrio como solución y no los bandazos hacia los extremos. Pero también nos hemos revelado… Seguía rumiando mientras caminaba con mi inesperado confidente:

…Aunque quizás con menos o más lentitud y discreción que otros en circunstancias parecidas y que hoy, cuando los autorizan a ser libres, parecen olvidarlo. Vestidos con colores ocres tal vez, portando libritos densos bajo el brazo, también hemos sido rebeldes con causas. Tratando de evitar que nos simplifiquen clasificándonos de enemigos y silenciándonos. Lamentablemente, eso último tampoco ha dado demasiado resultado en Cuba. Aunque esa valentía merece todos los respetos, la de los que luchan desde posturas más discretas, también. Dentro hay quienes desafían, critican y luchan con guitarras, pinceles, plumas en todas sus variantes, escenarios y cámaras de cine contra una de las dos simplificaciones en que han encerrado a Cuba: ¡Viva!

Aunque ya se acusa el cansancio, dentro siguen surgiendo voces renovadas. Las generaciones nuevas actualizan la manera de revelarse: “¿Quién es contrarrevolucionario, alguien que esté abogando por el cambio hacia delante o alguien que te tiene hace cincuenta años detenido en el tiempo?”, se pregunta desde La Habana un integrante del grupo de rap Los Aldeanos, delante de una cámara de Documentos TV de TVE. Cansa que el futuro que nos recetan desde lejos como mejor imitación del presente suyo, los que han pasado ya por ello, pase también por obligarnos nuevamente a otra sola voz: ¡Abajo!

¿Otra Cuba excluyente? También la hemos tenido. ¿Más Cuba en blanco y negro? ¿Y el arco iris, de qué sirve tiñendo banderas y abanicos en desfiles y vitrinas? ¿Por qué no lo desplegamos dentro de nosotros?

Aun cuando la política fuera pocas veces tema de conversación en las familias, sigo sin creer en los extremos. Sufríamos silenciosamente nuestras opiniones hasta en los círculos más íntimos. ¿Pero de qué hablábamos cuando estábamos juntos?

Defiendo el ajiaco que somos: “Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos… Y en todo momento, el pueblo nuestro ha tenido, como el ajiaco, elementos nuevos y crudos acabados de entrar en la cazuela para cocerse: un conglomerado heterogéneo de diversas razas y culturas, de muchas carnes y cultivos que se agitan, entremezclan y disgregan en un mismo bullir social…” Si somos ese “mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizajes de culturas” que nos define para tantas cosas, ¿por qué no aplicamos esa receta de convivencias de lo cubano también en lo político, en lo económico, en lo social, y dejamos de pensar en las facturas y en las simplificaciones? Cuba necesita de todas las Cubas que la habitan. De todos sus ingredientes. Quizás por eso puedo ser más cubano fuera que dentro.

Lo séeeeeeeeeeeeeeeee, dijo mi confidente haciendo un trencito de juguete con la e. Lo séeeeeeeeeeeeeee, volvió a salir el tren, no necesito que me lo expliques precisamente a mí. Yo te creo y, en todo caso, si fueras un infiltrado, ¿a mí qué, chico?, dijo retomando nuestra conversación cuando terminó de hablar por teléfono. Mi vida ha de importarle al Fifo lo que a mí la suya: un comino. ¡Ay, qué triste suena eso en el fondo!, ¿no? Terminamos riendo. ¿Y desde cuándo tú supiste que se sospecha eso de mí?, quise averiguar. ¡Uffff!, mijo, ya ni me acuerdo, se lo cuentan a todo el que entra en esa librería menos a ti, claro, pero no se cortan un pelo, y si es un conocido tuyo o de tu profesión: otro escritor o un editor que ellos saben que te conoce, hum, entonces es cuando es. La sospecha sobre ti es la tertulia de ellos de cada día.

Le agradecí su confianza, pero no, espérate, aún no he terminado, dijo y reapareció el fantasma de la prensa. Fue un periodista quien llamó a la librería para advertirlos sobre ti, no te digo su nombre porque no lo sé. ¿También aquí?, pregunté en voz alta, mirando al cielo, aunque la pregunta iba dirigida a mí mismo. Mi acompañante me lo aseguró: Llamó diciendo que le habían escrito desde Cuba para que tuvieran ojito contigo, que eres un chivatiente… ¿Lo eres?

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Categorías: "A CAMISA QUITÁ" | Deja un comentario

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