NO SOLO ANDANDO SE QUITA EL FRÍO

QUITO NOS COLOREA (texto de paso)

collage quito1Quito, además de lo que creemos saber o sabemos, es una ciudad que desmiente cualquier cliché. Toda ciudad es de uno cuando has amado a alguien en ella, juraba Durrell, cuando hablaba de Alejandría. Yo, por si acaso, también amé mucho en Quito. Ya no. Amé a alguien que no amó Quito, y sin embargo sigo aquí. Sin embargo. Pero es cierto que Quito no es un amor a primera vista. Es de esos otros que se cuelan cuando apenas los mira y que cuando vienes a darte cuenta, lo tienes dentro. De nada sirve lo aprendido por uno mismo o a través de otros. Este Quito descubierto por uno es nuevo, más real, y para los adentros de cada cual. Y no hablo de un amor desmedido que responda a eso que llamamos amor ciego. No. Mi amor es diurno, a la luz del sol, teñido de colores. Quito es una ciudad llena de defectos como todas, y que trata cada día, eso se palpa hasta oficialmente desde lejos en los discursos, en las nuevas leyes, en el nuevo look de las instituciones públicas y privadas, dejar claro que la modernidad no tiene que ser aburrida y gris. Aunque se imite a los aburridos y a los grises. Uno puede estar más o menos de acuerdo con ciertas medidas que afectan la vida cotidiana, pero visto lo visto, es preferible al caciquismo liberal, por llamarlo de alguna manera, y liberal en el peor sentido, que permitía corruptelas primitivas, arcaicas, propias de un país pobre. Hoy eso ocurre cada vez menos.

Nada tiene que ver esta ciudad con la imagen que uno trae enquistada de Europa. Esta ciudad está llena de gente moderna, con miles de puntos en contacto con esos otros que consideramos “mejores y modernos” en Europa, por ejemplo. El que crea que Quito vive solo del poncho, la sirvienta ecuatoriana que pasea al abuelo blanco europeo por el parque del retiro los domingos, se equivoca. Aquí existe una majestuosidad nueva. Un empujón nuevo hacia la vida limpia, bonita, legal y activa. Funcional. Se logra más o menos, pero se intenta cada día. Ese latido es al menos lo que creo vivir. Cualquier cosa es nueva, diferente, curiosa, sí, porque culturalmente falta, ¿pero acaso no es eso mejor que la soberbia ignorante de creer que todo está hecho y dicho “en nuestros países azules”, como le llamaba Martí? Yo al menos prefiero el latido de lo inacabado, de lo por hacer, que el aburrimiento de lo hecho, de lo dado, de lo consabido, de lo clásico y cómodo, de lo muerto… Y no es que niegue el valor de lo que nos da Europa, lo que niego es la creencia y la soberbia de que si no es allí, no es. Eso solo lo creen los “paletos”, los poco viajados, los cegatos culturales.

La belleza de esta ciudad, además de sorprender por su arquitectura moderna, de muy buen gusto, admirable desde muchos puntos de vista y todo un ejemplo para, por ejemplo Madrid, que ha crecido tan fea, tan igual, tan uniformada de ladrillo visto, radica, la belleza de Quito, decía, en aprovechar los materiales nacionales rediseñando su uso y sus formas, actualizándolos. Lo mismo ocurre con el interiorismo, con las calles, con el mismo concepto de la vida. Quito tiene hasta su Festival de cine gay, El lugar sin límites, que acaba de celebrarse a sala llena. Un paseo por la plaza Foch, dejando a un lado la parte turística y los clichés que se sirven en muchos de sus sitios, es como dar una vuelta a cualquier plaza de Amsterdam, por utilizar este ejemplo como positivo para los incrédulos. Quito tiembla, y ese temblor se mete dentro, lo reaviva a uno, lo impulsa, lo estimula, lo colorea. Y en estos tiempos grises, es de agradecer. A algunos amigos les sorprenden que me guste estar aquí, vivir aquí. sin saberlo, lo hacen desde el prejuicio con el que se mira desde Europa este continente, este país. Pero me gusta precisamente por eso que ellos creían el motivo principal para que no me gustara: por haber vivido tanto tiempo en Europa, por haber viajado y conocido algunas partes del otro mundo. Viajar debe servir para enriquecer, abrir, no empobrecer la mirada ni cerrar los sentidos. No le exijo a Quito lo que a Madrid, París, Amsterdam o Londres, le exijo lo que Quito puede darme.

Y no solo Quito, este es un país para descubrir, para mirar y abrirse a él con la sabiduría de lo visto, de lo vivido, sí, pero con la capacidad de dejarse llevar sin prejuzgar, sin perderse las sorpresas que puede dar y da. Un país para respetar y disfrutar como si uno fuera un lienzo en blanco o sin terminar, y dejarse colorear.

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INTERROGATORIO (fragmento Biografía de una sospecha)


“Así amarás al árbol
a cuyo pie regresas,
una y otra vez, adormecido.”

Norge Espinosa
Un tanto a la manera de Cernuda

El marcado interés del oficial de la Seguridad del Estado en el Entronque de Herradura por entrevistarse conmigo
venía del año anterior. En 2004 había querido quemar un ejemplar de mi primera novela, No llores ni tengas miedo, conmigo no te pasará nada, Editorial Egales, 2000. Quería evitar que fuera leída en mi pueblo.

Un conocido de toda la vida, es decir, un vecino del Entronque, leía uno de mis capítulos en voz alta a otro paisano en un bar llamado Mar- Init. Un maestro de la escuela Sierra Maestra, donde hemos estudiado todos los entronqueños, es decir, otro vecino, al escuchar la lectura de mi texto desde la mesa contigua, se levantó sigiloso, fue hasta la estación de policía (DOP), y denunció al vecino-lector-de toda la vida, a mi novela y a mí.

El oficial de la Seguridad se presentó en el Mar-Init y se llevó detenidos al hombre y al libro. Yo estaba en España. El inspector de las ideas, o como quiera que se llame la función que cumple ese cargo que intimida a todos en el pueblo, soltó al vecino unas horas después. Pero mi novela seguía prisionera. La quemaremos, aseguró el seguroso. Y la cita conmigo quedó en el aire.

El lector salió corriendo a casa de la amiga que se la había prestado y le contó lo sucedido. La mujer se presentó de inmediato en las dependencias policiales exigiendo la devolución de su ejemplar. Está dedicado por el autor, es un recuerdo con mucho valor sentimental para mí, dijo. El oficial de la Seguridad insistía en que lo iba a quemar: Es un texto contrarrevolucionario, lo calificó. Y sí, por lo que puedo ver, el autor es amigo suyo. Es como un hermano para mí, lo puede comprobar en la dedicatoria. Ya veo, dijo amenazante el oficial con el libro abierto en la primera página. Pero solo en la primera página. Tanto insistió la mujer que, el libro le fue devuelto. Eso sí, bajo la promesa de no seguirlo prestando y dígale al escritorcito ese que no se olvide que él es de aquí del Entronque de Herradura, en cuanto vuelva a poner un pie aquí tendrá que venir a verme, sentenció.

Llevaba más de tres años sin ir a mi pueblo, sin ir a Cuba, sin ver a mi familia. Tuve miedo. No podía, no podré creo, evitar nunca la sensación de haberles fallado en algo. Por desinteresados que sean o intenten demostrarme que lo son, está esa otra “frustración del emigrante” de la que se ha hablado tanto. Del que se va prometedor y regresa, sino peor, al menos normal. Sin rimbombancia ni abundancias. Y yo, hijo del Miami chiquito, aunque no viniera del opulento Mayami grande, no podía dejar de sentir cierta tristeza en sus miradas. Cierta compasión. No les hablaba del carro del año, de mi piscina. Ni siquiera de una casa propia.

Una pregunta revoloteaba en el aire: ¿Para qué te fuiste? No podía responderles que para recuperar una cotidianidad menos vigilada, menos juzgada, menos sospechosa. Pero ni siquiera eso había logrado del todo. Aunque evolucionado, menos dirigido, mi maridaje politico tampoco había evolucionado hacia ninguno de los dos extremos habituales. Es decir, yo seguía siendo esa otra mitad que decide el resto. Este ni llega ni se pasa, decían. ¿Quién es?

Llegué. Era diciembre y 2005. Sabía que era esperado con ganas por el jefe de la Seguridad del Estado y, efectivamente, cumplió su amenaza:

Me recibió en el portal del DOP.
Si no recuerdo mal, sus siglas responden al nombre de Departamento de Orden Público. El agente me mandó pasar. Otro interrogatorio. Otra silla frente a otro extremo. Otra exigencia de militancia. Otra posición maniquea. Otros muchos años después, pero esta vez en la estación de policía de mi pueblo natal, Entronque de Herradura, Pinar del Río, Cuba.

Así que usted es el famoso Li. Sí, y usted el famoso oficial que atiende al Entronque por la Seguridad del Estado, dije. Daba inicio el combate definitivo, nada más y nada menos que en aquel preciso lugar. No quedaba ni rastro de la puerta metálica como las del garaje vecino, con el que compartió portal antiguamente. Esas puertas de aluminio que al abrirse emiten el sonido de toda una época. La pared del frente estuvo pintada del mismo azul garaje. Al lado derecho de la entrada, las letras amarillas con bordes blancos recordaban que uno entraba a la Fonda El Roble. Me lo había contado mi padre y posteriormente mis hermanos.

Una seguridad rara se apoderó de mí desde el instante mismo en que traspasé la puerta. Las cuatro paredes donde iba a ser interrogado acaparaban mi mayor atención. El policía de las ideas y yo nos estrechamos las manos tras la presentación. Parecíamos dos luchadores antes de empezar el combate. La flexibilidad adquirida en el futuro desde el que iba yo, España, llegaba al pasado maniqueo que se vive en el Entronque de Herradura con mucha fuerza. Pero lo que me hacía sentir más fuerte y seguro era el hecho de encontrarme en aquel lugar precisamente.

Esperé a que el policía me mandara a sentar. Lo hizo repochado ya sobre el viejo taburete lleno de secretos. Contésteme en voz alta: Nombre completo. Dos apellidos. Edad. País de afuera donde vive. Cuántos días piensa estar en el Entronque…

Mi memoria se había instalado en un tiempo muy lejano. Fuera del alcance del oficial de la Seguridad del Estado, que dejó de importarme de inmediato. ¡Cuarenta y cinco años después había vuelto a entrar! Los no recuerdos del lugar acudieron en mi rescate, llegaban a mí convertidos en ecuanimidad. No en rabia ni soberbia, si no en algo bueno que venía en mi ayuda. Era completamente imposible compartirlos con el vigilante de pensamientos que tenía ante mí. Un ciclón de emociones me envolvía. El agente no podía sentir ni la más mínima brisa de la ventolera que revoloteaba ante sus ojos. Solo veía al escritor de un libro “contrarrevolucionario” que él estuvo a punto de quemar. Alguien le dijo que mi libro hablaba de cosas diferentes a las que él piensa. Por tanto, no era yo quien le interesaba sino el enemigo que veía en mí.

Ironías de la vida, jugarretas del destino, malabares de la existencia, cierre de una etapa… Lo que sea. Pero la estación de policía en la que estaba a punto de ser interrogado había sido, hasta principio de los años sesenta, el bar-fonda El Roble, propiedad de mi padre. El lugar donde nací mis dos primeras veces y al que nunca había vuelto. El espacio donde estuvieron mi cuna y la nevera en la que mi abuela guardó la cabeza del gato que quiso comerme el primer día de nacido. En los salones donde antiguamente se sirvieron las masas de puerco fritas más ricas del mundo, hoy se interroga e intimida.

Respondía las preguntas del agente
de manera casi automática. Mi mayor impresión la seguía produciendo el hecho de que por primera vez, con capacidad para recordarlo, entraba en el lugar más importante de mi vida.

Dentro, donde está el tétrico despacho, estuvo la barra. Allí se hacían al momento los jugos de frutas tropicales más frescos y sabrosos de la zona. Según mis hermanos, el mostrador estaba recubierto de zinc… Vayamos al grano, me dijo el seguroso rescatándome para su realidad: Usted está aquí porque ha escrito un libro contrarrevolucionario. Frente al mostrador estuvo la zona de mesas para los que iban a picar algo rápido. Sobre una de ellas seguimos comiendo hoy, cuarenta y ocho años después, en mi casa. La cuidamos como un trofeo, como una reliquia familiar.

Usted está aquí porque ha escrito un libro contrarrevolucionario. La especialidad de mi padre era la carne mechada asada en casuela y las masas de puerco fritas. Los camioneros que recorrían la isla desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, aseguraban que en ningún otro lugar de Cuba se comía mejor comida criolla que en El Roble. Me entraron ganas de llorar, pero se me quitaron enseguida. Lo he citado, me recordó el oficial una vez más, porque usted ha escrito un libro contrarrevolucionario.

Mis ojos regresaron desde todo lo imaginado por lo que andaban, hasta los del policía. Es increíble, le dije, en España se sospecha que soy un agente secreto de la Seguridad del mismo Estado que usted representa y aquí en el Entronque me acusa de ser todo lo contrario.

Mire… Continué mi perorata con la intención explícita de no dejarlo hablar. Si yo hubiera escrito un libro contrarrevolucionario, como lo califica usted, ¿se cree que este interrogatorio se estaría produciendo? ¿Realmente piensa que soy tan estúpido como para arriesgarme a entrar en el Entronque para que, por ejemplo, usted me interrogue, como sabía desde antes de salir de España que usted pensaba hacer en cuanto llegara aquí? Sé desde hace un año que me estaba esperando como cosa buena… Aquí me tiene de cuerpo presente, ¿sabe por qué?, porque no tengo nada que esconder. Porque ese libro que quería quemar sin leer no fue escrito contra nada ni contra nadie. O sí, contra la intolerancia…, pero yo sé que ese no es su caso, dije aupándolo por primera vez.

El oficial quedó suspendido en el aire. Me miraba fijo desde la cima de sus puños cerrados en forma de uve invertida, en los que apoyaba su mentón. Allí debió estar la cocina. Aquella puerta partida por la mitad era por donde mi padre sacaba los platos que mi madre llevaba a las mesas. Por esa misma rendija vigilan ahora a los que ellos consideran delincuentes ideológicos. Ese libro se ha publicado en el año 2000, continué regresando nuevamente a sus ojos. Es la séptima vez que vengo al Entronque desde que se publicó en España y nunca me han llamado de ninguna de las instituciones culturales a las que pertenezco. Ni siquiera las que respaldan mi estancia en el exterior. Ninguna autoridad cultural o política me ha reprochado ni cuestionado nada. Nunca. Hasta al ministro de cultura le han preguntado por mi libro, entre los de otros autores cubanos, en una entrevista en Madrid para la revista Tiempo… Se la extendí. Llevaba una copia con ese propósito. El ministro respondió: “La clave es, yo creo, que hay una cultura general alta en Cuba. Y segundo que nos han tocado tiempos muy convulsos, muy intensos. La narrativa se alimenta mucho de las contradicciones. Las tensiones históricas producen grandes obras literarias. Es lo que quizás nos está pasando”.

Ah, coño, Abel Prieto, reaccionó el agente al ver la foto. La UNEAC es de Abelito, carajo, ese sí que es el mejor pinareño que tenemos aquí, agregó después de leer el párrafo resaltado. La habitación desde donde se lanzó el gato para comerme debió estar allí. Trataba yo de adivinar. Me devolvió el recorte. Si lo que quiere decir usted, le dije mirándole otra vez a los ojos, es que Abel Prieto es el presidente de la UNEAC, ni siquiera lo es ya, ahora es ministro de Cultura. Ah, coño, ¿lo ascendieron?, ¿desde cuándo? y pero dígame otra cosa, artista… Esa marca en el suelo debe ser de los taburetes al apoyarse la gente en las patas traseras durante tantos años. En este punto, como si pudiera escuchar mis pensamientos, el policía se echó hacia atrás y se acomodó sobre el viejo asiento rural. Miré al suelo para comprobar si el desgaste de la madera encajaba perfectamente en el del cemento. Confirmado: ese taburete en el que está repochado mi interrogador fue de mi padre.

…Ustedes los artistas son del carajo,
si a usted se le ocurre decirme ahora mismo que eso de ahí no es un ventilador… Señaló para un viejo ventilador soviético, de aquellos plásticos que venían con los refrigeradores para descongelarlos y que el gobierno vendió como estímulo a los trabajadores destacados. Este, como todos los que han sobrevivido a la Perestroika, tenía las aspas derretidas hasta la mitad. El aire que me llegaba de los muñones soviéticos era más bien caliente. Olía a goma quemada.

…Uno tiene que creerse que eso no es un ventilador porque usted lo dice, insistió. Bueno, de hecho ni yo me creería que lo es, le dije señalando a la caricatura en que se había convertido el aparato, y a punto de soltar una carcajada. Tosí para disimular el impacto de su seriedad. El arte, oficial, le regala la libertad de poder elegir su propia versión de lo que ve. De lo que lee. De lo que siente ante lo que está mirando… No tiene por qué coincidir conmigo en que eso de ahí no es un ventilador si usted está convencido de que lo es. Entonces yo puedo considerar que su novela es contrarrevolucionaria, aunque usted me asegure que no, me soltó. ¡Claro!, por supuesto, pero si la ha leído, no si se la ha contado otro. Esa es la cuestión.

El agente tomaba notas sin parar. Yo estaba completamente seguro de que tras las puertas donde están ahora los calabozos, estuvo mi cuna de recién nacido y recién muerto. Trataba de adivinar el lugar exacto dónde estuvo el escaparate desde el que se produjo el salto del gato. Bueno, yo no tengo tiempo de leer, y menos ese tipo de libritos. Regresé de mis ensoñaciones para ocuparme de mi realidad: Pero sí para juzgarlo sin conocer su contenido… ¿No cree que eso es peligroso? ¿No cree que puede traicionarlo y hacerle tomar decisiones injustas?, cerré. El policía continuaba escribiendo sin que yo pudiera ver qué. Parecía como si tomara un dictado de todo cuanto le decía. Continué después de verlo descansar un instante: Yo puedo hablarle de la novela que escribí, pero no de la que a usted le han contado. Bueno, bueno…, rezongó y soltó el mocho de lápiz. Volvió a apoyarse en las cuatro patas del que debía seguir siendo mi taburete. Me miró en silencio. Lo miré y volví a auparlo: El artista ahora es usted, sino ¿cómo sabe que mi libro es contrarrevolucionario sin haberlo leído?

En su libro se dicen muchas cosas, aseveró. Claro, para eso se escriben los libros, aseveré yo. Empezaba a cansarme. La mañana avanzaba y yo debía irme al aeropuerto a buscar a mis amigos españoles y franceses que venían a pasar el fin de año en El Entronque. Me refiero a muchas cosas contra la Revolución. Y dale, mi libro no fue pensado ni sentido ni escrito contra nada ni nadie, léalo.

¿Tampoco contra la Revolución?, quiso asegurarse.

Le mando un ejemplar dedicado si quiere. La interpretación del que vino corriendo a avisarle aquí a La Fonda de mi papá… Quería haberle dicho, pero no lo hice. …al DOP, no es asunto mío ni suyo, él tampoco lo leyó, solo escuchó leerlo. Es a ese lector de segunda mano a quien debe de estar interrogando aquí. Cada cuál lee el libro que le conviene y, si nos ponemos estupendos con el tema, hasta lo termina de escribir mientras lo lee. A que si le pregunta al compañero que estaba leyéndolo en el Mar-Init…

¿Compañero?, ese hijo de puta no es ningún compañero, es un contrarrevolucionario, un gusano, un disidente, me interrumpió bruscamente. No llame compañero a ese sujeto, a ese individuo, a esa escoria, a esa lacra antisocial que, ¡por suerte se fue ya para Mayami en una balsa! Lo que debió es haberse ahogado. Me tenía sin dormir el muy cabrón, vigilándolo a toda hora. Ha sido un descanso que se fuera. Es un vecino de aquí de toda la vida, mío, suyo, le dije con mucha calma. Así piensan ustedes los de afuera, respondió con cara de asco. Nosotros, los que estamos aquí jamándonos un cable, lo llamamos de otra manera: traidores, cerró con fuerza. Y traedores, pensé yo, pero tampoco se lo dije. En aquella esquina estaba el bañito que daba al patio adonde venían los hombres del Entronque a beber cerveza con sus queridas en las tardes de mucho calor, que es decir todas las tardes. Como esta de diciembre.

Artista,
volvió a rescatarme el policía, yo sé cada paso que dan y lo que hace cada uno de ustedes que vive afuera nada más pisar este Entronque. Sé cuanto se gastan en las tiendas y cuánto pagan diariamente por esos carros de turismo que alquilan para hacerse los chulos… Todavía me quedaba espacio para el asombro. Lo imaginé yendo a recoger todas las tardes el parte de las cajas registradoras al garaje, al rentacar, al bar La Paz, al Mar-Init, a la TRD, al Contenedor… A todas las shopings.

Que le quede claro una cosa: ustedes entran aquí en este pueblo porque yo los dejo. Si levanto ese teléfono ahora mismo y doy un parte negativo, ni usted ni ninguno de esos alardosos que vienen haciéndose los lindos como si fueran los dueños del Entronque, volverán a poner un pie en él más nunca. Se les va a olvidar donde nacieron.

Lo miraba fijamente y en silencio. Uno de ustedes, prosiguió, hasta quiso donar una ambulancia al policlínico de aquí. Pero si no hay, eso es una buenísima idea, ya me gustaría a mí poder hacer algo así, le aseguré. Inmediatamente traté de pensar en qué vecino del Mayami chiquito, que se haya mudado para el Miami grande, le podía ir tan bien para hacer semejante hazaña. No di con ningún nombre porque son demasiados los que se han ido.

Aquí el único que puede donar cosas al pueblo es el Comandante, me recordó el interrogador. Sabrán Dios o El Diablo de dónde ha sacado ese dinero el hijoeputa ese… Y el otro día, un negrito cabeza’e clavo de allá arriba de la Guaracha, que salió del Entronque hace cuatro días como quien dice, se gastó, ¡solo en cerveza y ron!, trescientos ochenta y siete dólares con cincuenta y cinco centavos… Y lo ves como se pasea en el carro que tiene alquilao con aire acondicionado como si se hubiera vuelto blanco. ¿Qué pretende con eso, chico?, ¿quiere restregarnos algo a nojotros aquí?

Detesté sentir rabia por él. Preferí compadecerlo. Entonces el militar se volvió minúsculo. Tuve que levantarme para mirar si seguía detrás de su buró. Se había convertido en una partícula. En una cucaracha. El dolor por la precariedad del local donde mi padre se dejó la juventud, donde yo había nacido dos veces y en el que estaba siendo intimidado, quizás hasta el punto de alcanzar un quinto nacimiento, tras escapar de las garras del gato de mi abuela a las veinticuatro horas de nacido, al regresar vivo de una guerra en África y al reencontrarme conmigo mismo en España. Toda esa carga, unida a la vejez de su discurso, lo empequeñecieron hasta casi hacerlo desaparecer.

Pensé decirle que le compraba el taburete. Quería rescatarlo del sufrimiento que padecen sus huesos de madera, ya viejos y mal alimentados. Cuando volvieron a crujir, me ericé. Pero el llanto de mi taburete no me impidió oír el último disparo del policía de las ideas, apuntándome con sus ojos: Creo que en su novela hay hasta un maricón…

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FRAGMENTO DE MI NO NOVELA BIOGRAFÍA DE UNA SOSPECHA


FRAGMENTO DE MI NO NOVELA BIOGRAFÍA DE UNA SOSPECHA

Tras comprobar
que su madre se había dormido del todo, regresó a su habitación. Era ya de madrugada. Fue con mucho cuidado para no despertar a su Guardaespaldas.

Se llevó un susto tremendo al tropezar con sus piernas en la oscuridad. Estaba sentado en el suelo, a los pies de la cama, fumándose un cigarro. Las colillas en el cenicero daban la hora de su espera. ¿Qué tú haces despierto, mi amor? Se le salió a Li por primera vez, aunque con toda naturalidad y todas sus sílabas. Acompañando a mi amog, le respondió su Guardaespaldas imitando la ausencia de su erre. Como sé que no vas a dejar que te ayude con tu madre, o quizás a ella le dé vergüenza que un extraño la vea así enfermita, quería que me sintieras cerca.

Por supuesto, terminaron de enamorarse esa noche. Hicieron el amor y el amog, como se hace siempre que se ama: de manera desesperada y con sabor a última vez. Con una entrega y unas implicaciones mayores que hasta ese momento. Estaban tan vivos que a ninguno de los dos le importaba morirse.

No podían dormir. Se sirvieron un trago de ron y salieron a la terraza a coger un poco de aire. La silueta de una palma real sobresalía entre los brazos del platanal como una Giselle de penacho verde. Las sombras engatusaban la mirada. Li salió al patio y cogió un cocuyo. Tú tienes que haber sido muy feliz aquí, dijo su Guardaespaldas. Ahora tienes que serlo aún más, me tienes a mí, se le entregó del todo. No pienso dejarte solo, Gato, Li, Guajiro, Doblefeo, o Doblelindo, mi Cocuyo…, te pareces a este cocuyo… Como quiera que te llames te amaré. Sé lo difícil que es para ti ver a tu madre así, pero haces todo lo que está en tus manos por ella, eso tiene que servirte de consuelo siempre. Yo quiero estar cerca y ayudar como pueda, si tú me dejas. Li lo abrazó con unas ganas enormes de llorar, que no dejó avanzar. Tu padre te adora, hace más de lo que puede. Algo en estas palabras, sin embargo, las hacía llegar pesadas, como hechas del mismo concreto que el libro africano que uno empezó y el otro terminó. Sobre esas páginas de cemento se escribió este futuro de hoy.

¿Subimos al techo de la casa?, le propuso Li con el fin de enseñarle como se veía el Entronque al amanecer. Deulofeu…, empezó a decir el militar. Li se quedó esperando la palabra que venía detrás, pero no vino ninguna. Mientras, con la mirada, se puso a registrar el platanal verde oscuro. Su apellido seguía volando entre las hojas sin posarse, se confundía entre los cocuyos. Cocuyito cocuyano, ven a la luz de tu hermano, decía repitiendo el lema trampa que usaba de niño para engañarlos y cogerlos. Su Guardaespaldas contemplaba el suyo. Se parece a ti, repitió. Lo malo es que ellos solo saben decir que sí, le hizo ver Li. ¿A todo?, quiso saber el agente. Sí, a todo, ¿no lo ves?, pregúntale lo que tú quieras y verás que te responde afirmativamente. El militar se llevó el insecto a sus labios y le susurró algo. Comprobó que respondía que sí y lo soltó.

¿Tienes sueño ya?, preguntó sin dejar de observar la lucesita verde que se alejaba radiante. ¿Tienes aquí algo con qué escribir? Sí, claro, allá abajo en mi cuarto. ¿Te subes una libreta y un lápiz?, hay luna llena, se ve bastante claro. Sí, se ve todo de lo más bien, confirmó dándole un beso al ombligo del militar, que le encantaba.

Li no sabía si podría complacerlo del todo, pero se enamoraba cada vez más de su esfuerzo por complacerlo a él. También a su lado todos los días parecían viernes. Regresó con varios lápices y una libreta de tomar notas en taquigrafía. Le era más cómodo para la situación. Se sentaron en el borde del techo y desde aquel exilio inesperado, ambos supieron que su encuentro duraría más de lo que estarían juntos para disfrutarlo.

Deulofeu abrió su cuaderno y miró a su militar con cara de secretaria de un juicio, dispuesta a tomar dictado a la velocidad de palabra de su interlocutor. Pero, ¿hay una Biblia aquí en tu casa?, le preguntó de repente el oficial de la secreta. No, nunca la hubo, ¿para qué tú quieres una Biblia ahora?, ya traje la libreta y estoy esperando a que me dictes. Para que jures, sentenció El Guardaespaldas.

Tengo una Biblia latinoamericana,
respondió Li. ¿Una qué?, se asombró su Guardaespaldas. Son dos tomos también y, al menos para mí, representan el comienzo de todo lo que somos en este lado del mundo. ¿Tanto crees en esos textos? Absolutamente, le aseguró el aspirante a periodista. Tráelos a ver…

Toma, este es El Viejo Testamento y le alcanzó un ejemplar de El Popol Vuh. El militar lo miró con extrañeza. ¿De quién es? Anónimo, le aclaró Li. Lo abrió por donde primero el libro se dejó y leyó la primera frase que encontró subrayada a lápiz: “Cuando vino la palabra aquí / Vino con el espíritu.”

Este es El Nuevo Testamento latinoamericano y ¡ah, coño, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez!, éste es uno de mis libros favoritos, dijo el militar cogiendo el otro libro. Lo abrió por el final y leyó: “…estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Cerró ambos ejemplares y miró a los ojos de Gato: no es desconfianza hacia ti, si lo fuera no te pediría que escucharas todo lo que te voy a contar… Mucho menos que lo escribieras, prosiguió. Es por mi propia tranquilidad, pero si te molesta… No, no me molesta, le aseguró Li y era cierto. Entonces quiso que se lo tomara como un ritual y no como el fin del mundo. Es un simple juramento, le dijo tratando de restarle importancia. Te entiendo, pero yo creo en los juramentos más que en el fin del mundo, le dijo Deulofeu riendo. ¿Y tú crees que yo no lo sé?, por eso mismo te lo pido. Puso los Testamentos de su particular Biblia latinoamericana uno encima de otro y los dejó sobre el techo de la casa. Cogió su mano derecha y los forró. Repite conmigo: Juro… Juro no hacer público este texto que guardaré a partir de hoy, 5 de agosto de…, sin autorización de su protagonista, quien me lo dicta aquí en Entronque de Herradura, Pinar del Río, Cuba…

Juro:
Como hombre primero. Como hombre primero. Como amigo después.
Como amigo después y como… Y como…

En este punto, su Guardaespaldas le taladró los ojos con los suyos. Se los sacó y los puso al lado de la Biblia. El cemento era áspero, podía sentirlo en sus pupilas. El militar se asomó con amplitud a las cuencas vacías y durante un instante, que a Li le pareció demasiado corto, observó dentro de él. Le colocó las pupilas arañadas nuevamente en su sitio y concluyó:

…y como todo lo que podamos ser de hoy en adelante.
Y como todo lo que podamos ser de hoy en adelante.

Li repetía y juraba mirando a los ojos del platanal. Adonde quiera que ha viajado, lo ha acompañado esa libretica repleta de signos taquigráficos. Hoy, casi veinte años después, con el pleno consentimiento del militar, enviado por e-mail desde donde se vuelve a encontrar a salvo, transcribe lo que de manera muy seca, diría que desesperada, le ordenó escribir su Guardaespaldas:

“Mi primer encuentro sexual con la mujer de Fidel Castro
fue en casa de su madre. La primera pregunta que me hizo, cuando terminamos, fue si yo conocía su verdadera identidad. Le dije que sí. Es un momento que tengo muy presente. A partir de ahí, mi vida no giró más de trescientos sesenta grados porque no los hay, pero me atrevería a decirte que giró mucho más. Me llamaba de madrugada. Me convertí en un guardián perenne del teléfono… Pero mi mayor preocupación era por qué yo. Empiezo por el principio:…”

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FRAGMENTO DE MI NO NOVELA Biografía de una sospecha

 

 

FRAGMENTO DE MI NO NOVELA Biografía de una sospecha 

ImagenTambién podría titularse (Confesiones de un agente secreto)

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“Todos somos culpables de nuestra inocencia y todos somos inocentes de nuestra culpa”.

 Miguel Barnet

 

“Todo amor, al final, es moderadoNadie lo acompañará a uno.”

 J.M. Coetzee. Diario de un mal año

 

 

 ¿Es cierto que eres un espía cubano infiltrado en España?  ¿Sí o no?, ¿sí o no?… Madrid. Urinarios de un restaurante. Una fuerte ventolera entró removiéndolo todo. Se desclavaron los pestillos en busca de nuevas puertas que cerrar. Se vaciaron los cestos y un enjambre de mariposas sucias y pestilentes revoloteó multiplicándose en pleno vuelo. Llegué como pude hasta el yo de azogue que me imitaba desde un espejo enorme, y me pegué a él…

 Era la presentación de un libro de varios autores, entre los que me incluían. Me parecía increíble ver mi nombre impreso junto al de escritores españoles que había leído y admirado desde Cuba. Aunque no se tratara del cumplimiento de un sueño, lo gozaba con el mismo arrebato que me provocan mis lugares favoritos: el platanal de mi casa, el parque La Güira y el Valle de Viñales, en Pinar del Río.

 …Seguía pegado a la superficie brillosa. Con cuidado, fui mirándome de guilletén a ver si realmente tenía alguna pinta de agente secreto. Hasta donde pude verme, no descubrí ninguna imagen que me hiciera sospechar de mí. La tarde transcurría entre risas y anécdotas, dedicatorias de los cuentos de unos autores a los otros, chistes que subían de tono junto con el vino, la foto colectiva y preguntas de los periodistas. Era un almuerzo literario dedicado a la prensa, oportunidad única para un autor novel e inmigrante. Un acontecimiento inolvidable para un guajiro pinareño. Pensaba en eso cuando otra bocanada de aire usado manoseó mi nuca: ¿Sí o no? ¿Sí o no? ¿Sí o no? ¿Sí o no?…

Era el editor de mi libro colectivo, que insistía en una respuesta inmediata. Puede que no todo comenzara aquí, pero este encuentro a cara descubierta con la sospecha cubrió de sombras el resto de mis años en España. También me regaló la primera lección a aprender en el capitalismo: El cómo nos ven los otros es la mitad de cualquier existencia.

 

Desde el útero se oye todo: ahí nos viene la hembra que tanto deseamos tener. Nada más dictar esta sentencia, el padre separó su mano del vientre de la madre. Pero el hijo, como no estaba vivo por completo, no podía convencerlos de nada. Ni él mismo sabía con certeza su sexualidad. Era solo un embrión. La sospecha de lo que sería al llegar al mundo había nacido antes que él.

Por si nacer con esa carga fuera poco, veinticuatro horas después de defraudar a su progenitor, el recién nacido fue prácticamente devorado por un gato. El angora de su abuela materna, nada más verlo convertido en el preferido de los mimos de su dueña, quiso quitárselo de en medio. Agazapado tras unas cajas de zapato en lo alto del escaparate, acechó la cuna durante un buen rato. Cuando el diminuto bebé quedó acurrucado bajo el mosquitero de tul, el felino, con el sigilo que le es característico, se lanzó a toda velocidad sobre él.

La madre, con su intuición a cuestas, regresó a la habitación para comprobar si el mosquitero del niño estaba debidamente cerrado. El enorme gato deshacía con sus garras la crisálida en que quedó convertida la criatura dentro del bulto de tela blanca. La poderosa cabeza del angora se meneaba de un lado a otro, apartando jirones de tul embarrados de sangre.

Gracias a la gritería y la corredera que se formó a tiempo, el bebé sobrevivió a los terribles arañazos y mordiscos de la mascota familiar. Fue considerado casi un milagro que saliera vivo de ese primer y cruel ataque que le tenía preparado la vida. Había nacido dos veces en menos de cuarenta y ocho horas. Por ello, el resto de sus cumpleaños los celebrará agregándole un día a su fecha real de nacimiento.

  …¿Sí o no? No diré nada a los periodistas que están allá fuera comiendo con nosotros, te lo prometo, quiso cuidarme el editor. Pero seguía esperando una respuesta.

De la risa que me entró, apenas pude articular palabra alguna. Él no se contagió. Perdona, continuó muy serio: No sé qué te provoca tanta gracia, un periodista de prestigio, en quien confío mucho, acaba de llamarme por teléfono para decirme que eres un agente cubano infiltrado en España, ¿y tú te descojonas?

 Le escuchaba impávido. Su rostro no dejaba de custodiar el mío. El periodista tiene, siguió insistiendo mi editor, información de primera mano que demuestra que trabajas para los servicios secretos cubanos… Solo dime sí o no.

Pues mira, chico, sí y no, contesté entre risas, seguro de que todo quedaría en lo que realmente parecía: una broma de mal gusto. Retrocedió unos pasos como si yo apestara. Mira… Me le acerqué un poco y dejé caer mi brazo sobre sus hombros. Si te digo que no soy ese agente secreto que tú y tu amigo dicen, me vas a creer igualmente que si te digo que si… Dudó sin dejar de escudriñar en mis ojos. …Pues lo otro que me queda decirte es que me da igual. Él seguía en silencio .Pero dime una cosa, quise averiguar, “¿y cómo es él?, ¿en qué lugar se enamoró de mí?”, bromeé tarareando el famoso estribillo. No te puedo decir, reaccionó muy serio el editor. ¿Ah no?, pero si va regando eso de mí por ahí tendré derecho al menos a saber su nombre, ¿tú no crees?, exigí. Vamos a dejarlo ahí, quiso cerrar en falso. Está bien, acepté, pero la próxima vez evita convertirte en altoparlante de calumnias como esa y así no tendrás que dar explicaciones de su procedencia a nadie. Sobre todo si no tienes cojones para hacerlo, cerré dándole la espalda, y ya muy serio.

Solo te diré una cosa de él: No es de origen español. Le escuché decir en off y me detuve en seco, volviéndome hacia él. Confórmate con eso, cortó cuando vio que le miraba fijo a los ojos. No se atrevió a mirar a los míos ni a los del espejo que nos reproducía juntos. El azogue y yo lo observamos lavarse las manos con desesperación.

Me le acerqué por detrás. Le hablaba al editor de cristal, que tampoco me miraba: Un periodista serio, sea de donde sea, se cuidaría muy mucho de hacer rodar ese tipo de bolas por ahí, porque al final suelen volverse en dirección opuesta para ir a estrellarse contra sus propios lanzadores. Y mira, que me ocultes su procedencia hace que la pueda imaginar con mucha más certeza.

Era evidente que al editor no le interesaba mi discurso, continuaba aferrado a la sospecha. Este desinterés suyo por conocer mi verdad hizo que yo también perdiera el mío por la identidad del calumniador. Mi viaje era otro: hacia mí mismo…

 

 

 

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Biografía de una Sospecha es la Historia, DESDE Su Nacimiento, propagación y desenlace DE UNA Sospecha. La que persigue al autor-Protagonista DESDE Su Formación en el útero materno de El, “Desde Donde sí oye Todo de LO MÁS clarito”, Pasando Por OTRAS Sospechas Que se entremezclan párrafo Formar Una Sola: La Que géneros UN HOMBRE Que No Habita en los Extremos . La Sospecha Lo persigue DURANTE Años HASTA Lugares y Por Motivos insospechados. El sí mantuvo Siempre en silencio, Hasta Hoy, Con La Publicación of this Biografía en La Que Cuenta Su Historia verdadera.

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